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La parábola del sembrador: ¡Ablanda mi corazón!

Cuando mi madre se mudó a una casa nueva, la parcela estaba por estrenar, así que planificó el jardín durante semanas. Cuando por fin empezaron a cavar y a regar, se llevaron la sorpresa de que la tierra no absorbía el agua. Estaba tan compacta que tuvieron que trabajarla unas treinta horas hasta conseguir que el agua calara.

Me hizo recordar la parábola del sembrador, una parábola de Jesús en la que un sembrador esparce semillas en cuatro tipos de terreno con diferente resultado: la tierra junto al camino, el terreno pedregoso, la tierra con espinos, y el buen terreno (Marcos 4).

En los capítulos anteriores de Marcos, vamos conociendo a personas que se parecen a los terrenos la parábola del sembrador:

Los líderes religiosos son un terreno duro y compacto. No aceptan a Jesús porque tienen ideas arraigadas y preconcebidas. Su enseñanza no cala; se quedan igual. Acostumbrados a dar cátedra, no les cambia «ni Dios».

La multitud es el terreno pedregoso. Encantados con Jesús, disfrutan de sus milagros, pero sus corazones no tienen profundidad. En vez de un Salvador, quieren palomitas y espectáculo.

Los familiares de Jesús, agobiados con su «fanatismo», viven en tierra de espinos. Su jungla de preocupaciones, tan lógicas como mundanas, ahoga las buenas noticias que predica Jesús.

Los discípulos, en cambio, son una humilde parcela. El terreno es bueno sin ser perfecto. Los Evangelios no maquillan sus meteduras de pata, ni sus dudas, ni siquiera sus traiciones. A pesar de todo, están dispuestos a seguir a Jesús hasta el final. Anhelan ser ciudadanos del reino, y son los que se acercan a preguntar más.

¿Y nosotros? Como los «listos», como la tierra compacta de mi madre, a veces no damos suficiente lugar a lo que Dios nos quiere decir. Nos agarrotamos y nos encerramos en nuestros propios esquemas y no nos ablandamos.

Como la multitud en terreno pedregoso, en ocasiones nos dejamos llevar por arrebatos de entusiasmo y nos marchitamos cuando llegan los problemas o la crítica. Necesitamos arraigo, el trabajo hondo de Dios que nos plante de manera segura.

Como los familiares en la tierra con espinos, podemos estar enredados en una fértil jungla. No es que no crezca nada; al revés, florece de todo: junto con la Palabra de Dios, una abundancia de preocupaciones y objetivos. Cuando la selva amenaza con ahogar la fe en Jesús, necesitamos recortar maleza y potenciar la buena semilla.

¡Cuánto necesito un Jardinero en mi vida! Él no solo poda lo visible, las ramas, sino que también labra la tierra de mi corazón, tan propensa a cualquiera de estos escenarios. El trabajo de limpieza hacia el fruto es arduo, pero quiero recibir la buena semilla y absorber la lluvia que cae de lo alto.

Mi oración es que nuestro corazón se ablande y reciba más de lo que nuestro buen Dios quiere darnos. Que seamos parcelas humildes que necesitan trabajo, con una tierra receptiva donde crezcan árboles bellísimos (Salmo 1), que dan su fruto a su tiempo, y su hoja no cae, y todo lo que hacen, prospera.

— Devocional escrito por Lisi Clark, colaboradora de Librería Abba. Reflexión adaptada de su blog.

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