Señor de nuestras tempestades

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Relato de Lisi Clark basado en Marcos 4:35–5:7

Solo se escuchan los remos y el clamor ocasional de una gaviota mientras el amanecer acaricia el mar. Sería idílico si no fuera porque seguimos calados y tiritando. Nuestras sandalias chapotean en los centímetros restantes de agua en la barca. Suspiro por una fogata en la playa.

Estas aguas las conozco como la palma de mi mano, pero nunca las he temido tanto como hace unas horas. Mi mente evoca en bucle las escenas de puro terror: olas que nos engullían, un viento que aullaba como una legión de demonios.

Mientras obedecíamos los protocolos para evitar un naufragio, no dábamos crédito de que el Maestro siguiera dormido. En pleno pánico se lo echamos en cara: “¿no te importa que nos ahoguemos?” (Trágame tierra. Sospecho que no tenemos ni idea de cuánto le importamos…) Lo que hizo a continuación nos desencajó por completo: se levantó y le dijo chitón a todo.

No sé en qué momento lo he pasado peor, en pleno aguacero pensando que nos hundíamos para siempre, o cuando reprendió al viento y al mar, y cesó… todo. Sin más, las olas se echaron la siesta como Jesús. Sé que es imposible. No estaba borracho: todos hemos visto lo mismo.

Después, Jesús nos hizo dos preguntas: “¿Por qué tenéis tanto miedo? ¿Aún no tenéis fe?”

Nos quedamos mirándole con cara de peces varados.

Espantados ante este Jesús más poderoso e indomable que la tormenta, nos preguntamos luego en petit comité: “¿quién es, que hasta el viento y el mar le obedecen?”

Todas las culturas que nos rodean coinciden en que solo el poder de Dios controla el mar. Un detalle: Jesús no ha invocado el poder de nadie.

Por dentro, sigo anegado bajo olas de interrogantes y exclamación, un maremoto que remueve una vida entera de creencias y suposiciones.

Ya diviso la orilla, por fin; seguro que en el desayuno Jesús nos lo dejará claro. Después de una noche espeluznante, agradezco la sensación de tierra firme bajo los pies. Estamos vivos… no como los que están en los sepulcros un poco más allá.

Pero se me eriza la piel. La silueta de un hombre tropieza entre las tumbas. No parece ni jardinero ni doliente. Algo no marcha bien. Sus pasos son los de un animal desorientado. Lo vigilamos tensos.

Lo hemos visto todo en estas últimas semanas, pero al acercarse a trote este geraseno, nos estremece. Con sus greñas y cuerpo desnudo y sucio, parece más bestia que hombre. Cortes y magulladuras marcan su piel con una crueldad que no se conforma con la mera superficie. En sus muñecas y tobillos le rozan grilletes de los que cuelgan cadenas. Su hedor nos hace toser.

Su grito extraño me sacude, pero cae a los pies de Jesús, identificándole mejor que nosotros. Y entonces lo veo en sus ojos desorbitados: una tempestad más densa y oscura que la que atravesamos.

Señor del temporal, bajo este nuevo amanecer, ¿calmarás también su ser? Y nosotros, ¿comprenderemos? En Dios solamente está acallada mi alma (Salmos 62:1)

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