Contado con los pecadores

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En algún momento todos hemos admirado a otras personas.

Hemos querido parecernos a otros y hemos querido que nos identificasen con ellos por su forma de hablar, de vestir o de hacer las cosas. Creo que vivimos en una época en la que se hace más que nunca independientemente de la edad que tengamos. Y cuando nos parecemos, nos gusta que nos lo digan, ser contados entre las personas que admiramos.

Hace mucho tiempo hubo alguien que se identificó como uno más entre personas con las que seguramente nosotros no querríamos tener nada que ver. No quiso aparentar ser una persona de más categoría, lo que hizo fue rebajarse.

Sin importarle su reputación.

Hablo de Jesús, aquél hombre del que parece que nos acordamos más algunas veces durante el año. La Biblia enseña que Jesús no se avergonzó de que lo contasen entre personas de las que otros se avergonzaban. “fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.” Isaías 53:12

Lo hizo mientras vivió, escuchando, sanando y consolando a los despreciados.

Y también fue contado como un delincuente cuando sufría, cuando murió. Y cualquiera que mirase aquella cruz sin conocerle podría pensar en él como alguien que estaba allí por alguna causa merecida.

Pero a él no le importó que lo vieran con personas despreciadas por todos mientras vivió y tampoco cuando lo crucificaron como si para muchos fuese un delincuente más. Él sabía a lo que venía al mundo desde mucho tiempo atrás.

Qué fácil es decir que somos cristianos en algunos lugares, pero qué difícil es parecerse a Jesús.

¿Qué relación tenemos con los que otros desprecian?
¿Estamos a su lado como Jesús?
Piénsalo cuando quieras que te identifiquen con alguien.

Cuando quieras parecerte a otra persona, recuerda todo lo que hizo Jesús, quien dejó de lado las apariencias para mostrar el profundo amor de Dios, derramar su vida hasta la muerte y salvar a personas que no lo merecían.

Personas como tú y como yo.

Hoy me gustaría animarte a ser coherente, porque nuestra actitud y comportamiento pueden marcar la diferencia. Prediquemos el Evangelio, pero acompañemos este mensaje con la compasión del Salvador.

Porque fue su mensaje y su compasión la que sintieron los que finalmente le siguieron convencidos.

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