Nuestra decisión

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Qué gran Dios el nuestro, y con cuánto amor nos trata. Nos ama a pesar de que sabe cómo somos y de las malas decisiones que podemos llegar a tomar. Nos ama al dejarnos toda la libertad del mundo para decidir. Uno puede pensar que en este versículo hay una intención oculta de coacción, de forzarnos hacia la decisión que Dios desea, como si fuera un vendedor ambulante dorándonos la píldora para sacar beneficio. Sin embargo, lo asombroso de la Biblia, lo absolutamente deslumbrante en todo su planteamiento, es que Dios nunca nos obliga a obedecer.

En este pasaje de Deuteronomio y en todos los anteriores nos explica las consecuencias con elocuencia y creatividad, pero al final expone que la decisión última es solamente nuestra. Él no la va a tomar por nosotros, porque en su amor, en su justicia, decidió crearnos con libertad, a pesar de nosotros mismos; y esa libertad es nuestro mayor regalo, y a la vez nuestra mayor condena.

El hecho de que Dios sea sincero con las consecuencias no omite nuestra libertad para decidir. ¿Quién podría elegir voluntariamente la calamidad?, pensaríamos. Por desgracia, el texto bíblico está lleno de historias de personas, del propio pueblo de Israel, que elige una y otra vez la desobediencia, la muerte y la calamidad. Hasta que llegó Jesús para solucionarlo definitivamente. Pero aun así, la libertad de creer y confiar en él sigue en nuestro entero dominio.

El problema del ser humano es que muchas veces pretendemos elegir la muerte pero que tenga las consecuencias de la vida; y eso, por justicia divina, no es posible. Dios es un Dios de justicia, y las normas están establecidas. No se van a cambiar. La decisión es nuestra, la vida o la muerte, la prosperidad o la calamidad, pero a veces elegimos mal y luego queremos culpar a Dios de que las cosas nos van mal, de que hay demasiada injusticia en el mundo como para creer que él exista, o cualquier otra excusa parecida.

Además de haber elegido mal, pretendemos culpar a Dios de la responsabilidad que es solo nuestra. Sin embargo, eso que parece que obra en contra de Dios, él lo acepta con humillación por no arrebatarnos su gran regalo: nuestra libertad de decisión.

Autora: Noa Alarcón
Noa escribe la sección “Preferiría no hacerlo” y el blog “Amor y Contexto” en Protestante Digital.

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